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Mosca artillada de la serie War Bugs, creada por JuegaSiempre.

En el centro de Bogotá, en medio de edificios altos, toneladas de concreto y calles atestadas, ruidosas y malolientes, se levanta un mural que evoca injusticias y crímenes atroces ocurridos en Colombia durante más de cinco décadas de guerra . Si bien el primer plano lo ocupan figuras de gran tamaño, principalmente de personas, el fondo está cubierto por un enjambre de insectos: moscas, avispas, libélulas y zancudos, todos ellos portando armas en lugar de alas. JuegaSiempre[1], uno de los creadores de esta fascinante obra, es el artista detrás de la hibridación entre insectos voladores y fusiles AK-47, el arma emblemática de la extinta guerrilla de las FARC. Cuando me topé con estos seres de guerra por primera vez —mitad armas de fuego, mitad insectos, parte seres vivos, parte vida armada—, ya llevaba un buen tiempo explorando etnográficamente la relación entre el conflicto armado colombiano y una enfermedad transmitida por vectores llamada leishmaniasis. Por ello, no pude evitar ver en los insectos artillados de JuegaSiempre una representación sinigual de lo que es y ha sido la leishmaniasis en Colombia.

La leishmaniasis[2] es una enfermedad transmitida por diminutas moscas que habitan la selva. No es contagiosa, mortal, ni dolorosa. Inicia como una pequeña erupción en la piel que continúa creciendo hasta formar una úlcera. La llaga suele describirse como un pequeño volcán: una lesión circular con un borde elevado y un cráter rojizo que podría supurar o estar cubierta por una costra. Después de que una lesión de leishmaniasis sana, ya sea por un tratamiento o porque el cuerpo, por sí mismo, mitigó la infección, generalmente queda una cicatriz. Esta marca permanece sobre la piel como prueba de un encuentro pasado entre una persona, una mosca y unos parásitos microscópicos en la selva.

Ya que la guerra colombiana se ha desarrollado principalmente en este exuberante entorno, la enfermedad ha sido particularmente severa con los combatientes del conflicto armado: soldados del Ejército nacional y miembros de grupos guerrilleros y paramilitares. Pero, por supuesto, la leishmaniasis afecta de manera similar a poblaciones de civiles cuya cotidianidad está enmarañada de una u otra manera con la selva. A pesar de que la guerrilla está lejos de ser la única población afectada por la leishmaniasis, esta enfermedad ha sido peligrosamente estigmatizada como “la enfermedad guerrillera” [3]. Dicho estigma se ha materializado en el control restrictivo que el estado ejerce sobre la circulación de medicamentos antileishmania, el cual suele interpretarse como una estrategia de guerra para perjudicar a grupos insurgentes.

Al encontrarme con la obra de JuegaSiempre, me intrigó lo que había detrás de su ingeniosa hibridación entre insectos y armas. Me interesé tanto por el asunto que un día terminamos tomándonos un café y hablando sobre su trabajo y su identidad oculta. JuegaSiempre me contó que su creación, denominada War Bugs, pertenece a un proyecto más grande titulado Señalética por un Mundo Mejor. En él, fusiona imágenes de dos elementos disímiles para generar nuevos significados semióticos. Inspirándose en el trabajo de Banksy —por ejemplo, en la imagen de helicópteros militares decorados con moños rosados—, JuegaSiempre juega con la yuxtaposición, tratando de suscitar reflexiones críticas sobre la realidad colombiana y, en particular, sobre el conflicto armado y sus políticas y dinámicas asociadas. Aprovechando la técnica del esténcil, la cual permite la reproducción de imágenes y la amplificación de mensajes de manera sencilla y a bajo costo, JuegaSiempre ha creado más de cien pictogramas provocadores, dispersos hoy en día en muchas paredes de Bogotá y otros lugares de Colombia.

Sobre War Bugs, en particular, me dijo lo siguiente:

Las siluetas de las armas son muy expresivas y fáciles de reconocer. También son fáciles de hibridar, son aptas para mezclar con otros elementos, y operan como un módulo funcional y reproducible. Tienen mucho peso simbólico en el observador, incitan a pensar, quizás por su carácter intimidante (…) Los insectos me gustan, son interesantes estéticamente. Siempre les he hallado similitud con armamento artillado de todo tipo, y la verdad que están bien dotados (…) War Bugs tiene un doble sentido, se refiere tanto a los bichos de la guerra como a la guerra que fastidia. Habla de la relación que nosotros los colombianos, especialmente los que vivimos en las ciudades principales, muchas veces mantenemos con el conflicto armado. Nos hemos acostumbrado a la guerra y hemos establecido una relación pasiva hacia ella que nos hace pensar que el conflicto nos puede fastidiar, pero no afectarnos directamente. Entonces creemos que podemos ignorarlo, espantarlo, alejarnos de él, tal como lo hacemos con los insectos. Solo hasta hace poco vine a comprender que los insectos [transmisores de enfermedades] podían llegar a ser más peligrosos que muchas armas y producir más muertes. Sin embargo, es el reino de la naturaleza y me imagino que algo deben estar haciendo bien, a juzgar por los actos de nuestra especie [humana].

Pensando en la manera en que las cosas permean el mundo y el mundo permea las cosas (Dumit 2015; Ingold 2012), lo que sigue es un intento por escribir de modo más experimental y menos contenido sobre las dimensiones simbólicas y corporales que comparten las moscas artilladas de JuegaSiempre y las moscas transmisoras de la leishmaniasis en Colombia. En otras palabras, busco explorar algunas de las conexiones obvias y menos obvias entre estos dos seres, lo que representan, su riqueza metafórica, y las razones por las que vi —y sigo viendo— una rica representación del enmarañamiento entre la leishmaniasis y la guerra en el trabajo de JuegaSiempre.

1.

Doña Amelia. Vendedora callejera en la Plaza de Bolívar (Bogotá, Colombia).

Mantablanca[4]. Así se le suele llamar a las moscas diminutas y peludas que transmiten la leishmaniasis. Son blancuzcas y ligeras, como partículas de polvo animadas que habitan micromundos bajo las hojas, en las fisuras de las rocas, o sobre la superficie texturizada de los troncos. Pasan la mayor parte del día en esos recovecos oscuros y húmedos que abundan en las selvas colombianas. A horas crepusculares, sin embargo, las hembras emprenden un vuelo enérgico, cercano al suelo, en busca de vertebrados cuya sangre les permite madurar sus huevos. Zarigüeyas, armadillos, osos perezosos, osos hormigueros, murciélagos, ratas silvestres, puercoespines, pumas o jaguares son fuentes de sangre apetecidas por estas moscas; pero también lo son mamíferos selváticos de dos patas, muchos de ellos armados y vestidos de camuflado que, gracias al conflicto armado, durante décadas han proveído sangre de forma abundante y casi que permanente a la mantablanca.

Soldados del Ejército me contaron que, cuando estaban de guardia velando el sueño de sus compañeros, miles de mosquitas de pronto los rodeaban y, haciendo gala de su nombre, los cubrían como una manta perlada que atacaba la piel por todos lados sin darles tregua alguna. Por eso empezaron a usar guantes y una especie de sombrero ancho, forrado de camuflado, del cual descolgaba un velo que se metía por dentro del cuello del uniforme. Así, al menos, podían mantener los ojos abiertos y minimizar los movimientos espanta-moscos que podían ser fácilmente detectados por el enemigo. A los guerrilleros, sin embargo, los aquejaba el mismo mal. Miembros de las FARC, viendo de lejos y con algo de envidia cómo los soldados se protegían de la mantablanca, decidieron crear su propia versión de tan eficiente tecnología. Haciendo uso de toldillos viejos que habían entrado en desuso y de un bejuco flexible al que le dieron forma de aro, elaboraron sus propios “sombreros chinos”.

A pesar de ese y otros esfuerzos, las llagas en la piel nunca dejaron de aquejar a quienes por la guerra se adentraron en la selva durante meses y años. Ulceras y cicatrices circulares son testigos de ese encuentro multiespecie entre parásitos, moscas y humanos que se origina con la guerra. La mantablanca y la leishmanaisis han sido una constante del conflicto, parte de la vida cotidiana de aquellos encargados de aniquilar al otro: uno de tantos gajes del oficio bélico que ha acompañado a soldados y guerrilleros durante décadas de violencia. La mantablanca —como la guerra— nos ha envuelto sin preguntarnos, sin que podamos espantarla, ignorarla o hacer como si no existiera. Este insecto diminuto, huidizo y esquivo, tiene hoy armas en vez de alas. Como cada uno de nosotros —unos más que otros— la mantablanca también carga con la guerra a cuestas y respira el mismo aire enrarecido por tanta muerte acumulada. También ha hecho parte de esta tragedia. Y también tendrá que ser parte de su superación pues, de lo contrario, permanecerá artillada.

2.

Economía de guerra. “Entre los años 2006 y 2007 se sellaron más de 10.000 billetes con el objetivo de evidenciar que la guerra es un negocio del que todos participamos”. JuegaSiempre escribió esto en su cuenta de Instagram. La imagen aparece junto a otros billetes de diferentes denominaciones también estampados .

La leishmaniasis ha representado una carga financiera significativa para el Estado, particularmente para el Ejército. Mantener a un hombre fuera de combate es costoso. También lo es evacuarlo de la selva pues suele hacerse en helicóptero. Los costos asociados con el diagnóstico, el tratamiento y el seguimiento médico de la leishmaniasis también son elevados, así como el retorno de un soldado recuperado a su unidad militar y luego al área de operaciones.

En el Ejército, la leishmaniasis se considera una enfermedad profesional, lo que significa que las circunstancias en las que un militar adquiere la enfermedad se producen “en el servicio, por causa y razón del mismo”[5]. Con esto se reconoce que la enfermedad deriva de la labor realizada por el personal militar, lo cual hace al subsistema de salud del Ejército responsable de todos los servicios médicos que requiere un miembro de la institución afectado por la leishmaniasis[6]. Un soldado que permanece en el Centro de Recuperación de Leishmaniasis (CRL)[7] le representa al Ejército aproximadamente 110.000 pesos colombianos por día (unos 35 dólares). “Esa persona deja de trabajar durante al menos tres meses. Sin embargo, hay que seguirle pagando su sueldo, la alimentación, la salud, la vivienda, entonces es un detrimento para el Ejército”, me explicó un médico militar[8]. Además, el Ejército paga indemnizaciones a sus miembros por las discapacidades y la disminución en la capacidad de trabajo adquiridas durante la labor militar. En el caso de la leishmaniasis, el Ejército indemniza por cuenta de las cicatrices, así como por algunas de las secuelas asociadas al tratamiento. Dada la elevada prevalencia de la enfermedad en el Ejército, estas compensaciones también implican altos costos para la institución.

A pesar de que el Glucantime® —un fármaco producido por la multinacional francesa Sanofi— es el medicamento más barato para tratar la leishmaniasis, éste también tiene un costo elevado. Aunque el Ejército asume la responsabilidad de la atención médica de sus miembros con leishmaniasis, es importante señalar que, si bien la leishmaniasis es reconocida por el Ejército como una enfermedad ocupacional, no es el Ministerio de Defensa sino el Ministerio de Salud el que paga por los medicamentos antileishmania utilizados para tratar a cualquier miembro de la Fuerza Pública.  En otras palabras, la asignación presupuestaria estatal para la salud y no para la defensa ha estado pagando por los medicamentos para tratar una enfermedad que los soldados adquieren mientras laboran, mientras “defienden a la nación”, como suelen decir los militares. Entre 1997 y 2017, el Ministerio de Salud ha gastado más de 17 millones de dólares en ampollas de Glucantime®, muchas de las cuales fueron asignadas al Ejército. La compra de Glucantime® ha representado un gasto considerable para el estado y una ganancia sustancial para Sanofi.

Según cables divulgados por WikiLeaks, en 2005 “las limitaciones presupuestarias y los problemas de distribución [hacían] difícil para los militares [colombianos] obtener medicamentos [antileishmania] en cantidades suficientes”[9]. Por lo tanto, el gobierno colombiano buscó ayuda del gobierno estadounidense para financiar los costos asociados a la creciente necesidad de Glucantime® dentro del Ejército[10]. Sin embargo, Estados Unidos no pudo proporcionar apoyo financiero para ese propósito porque, en ese momento, ningún medicamento para la leishmaniasis había sido aprobado por la FDA (Food and Drug Administration). En su lugar, el gobierno de Estados Unidos proporcionó 500.000 dólares al Ejército colombiano para comprar repelentes de insectos a base de DEET y permetrina[11].

3.

Foto tomada en el humedal Tibabuyes (Bogotá, Colombia)

La silueta de un insecto quimérico aparece en el centro de un círculo, sobre un fondo verde fluorescente. Se trata de una gigantesca mosca que lleva rifles AK-47 en lugar de alas. Asume el protagonismo y atrae toda la atención sobre sí misma. Como una señal de tránsito, te obliga a detenerte y a poner tu cotidianidad en pausa para fijarte en ella. Te exige que la mires y te incomodes con su cuerpo intimidante. Te advierte que te estás aproximando a vida armada. Te alerta sobre el entorno malsano que te rodea.

“Las moscas, escribió San Agustín, fueron inventadas por Dios para castigar al hombre por su arrogancia” (Raffles 2001, 45). A juzgar por la brutalidad ilimitada que hemos naturalizado en Colombia a lo largo de décadas de violencia, las moscas transmisoras de la leishmaniasis podrían ser precisamente eso: un castigo divino que se sufre en carne propia. “Convivimos sin apenas darnos cuenta de que nada de lo que sucede aquí es saludable o normal” (Mera 2008). Estamos tan acostumbrados a la guerra y a mirar al otro con sospecha que parece lógico pensar que la leishmaniasis fue algo introducido, un arma biológica para disminuir lenta y remotamente la salud del enemigo. “En Colombia, no he podido saber quién es Caín y quién es Abel”, afirmó Jesús Abad Colorado, un reconocido fotógrafo que ha documentado valiente y cuidadosamente el conflicto con su cámara. En efecto, muchos soldados del Ejército afectados por la leishmaniasis piensan que fueron las organizaciones guerrilleras quienes, de alguna manera, liberaron la enfermedad en la selva para perjudicar a las tropas estatales. Y muchos guerrilleros creen que fue el estado quien ideó una especie de arma biológica, a base de parásitos de Leishmania, para afectar a los grupos subversivos.

Pero la leishmaniasis es una enfermedad prehispánica que incluso ceramistas de la cultura Moche (100-700 d.C.) dejaron plasmada sobre rostros humanos de arcilla mucho antes de que los españoles pusieran un pie en estas tierras (Altamirano-Enciso et al. 2003). Sin embargo, las lógicas del conflicto armado han hecho posible pensar que las lesiones de leishmaniasis no son otra cosa que evidencia encarnada de una guerra biológica. Como escribió Aura María Mera, “cuando todos llevamos pústulas y úlceras, nadie se da cuenta de que las tenemos” (2008).

 

Referencias

Acevedo Serna, Natalia. 2012. “Leishmaniasis, ¿una Marca de La Guerra?” Infrarrojo. Teleantioquia. https://www.youtube.com/watch?v=570g9D9JKXY.

Altamirano-Enciso, Alfredo J., Mauro CA Marzochi, João S. Moreira, Armando O. Schubach, and Keyla BF Marzochi. 2003. “On the Origin and Spread of Cutaneous and Mucosal Leishmaniasis, Based on Pre-and Post-Colombian Historical Sources.” História, Ciências, Saúde-Manguinhos 10 (3): 853–882.

Beyrer, Chris, Juan Carlos Villar, Voravit Suwanvanichkij, Sonal Singh, Stefan D. Baral, and Edward J. Mills. 2007. “Neglected Diseases, Civil Conflicts, and the Right to Health.” The Lancet 370 (9587): 619–627.

Contexto Ganadero. 2014. “Medicina Contra Leishmaniasis La Nueva ‘vacuna’ de Las Farc.” Contexto Ganadero, September 30. http://www.contextoganadero.com/regiones/medicina-contra-leishmaniasis-la-nueva-vacuna-de-las-farc.

DGSM. 2008. “Directiva No. 118 de 2018. Calificación En Primera Oportunidad de Las Contingencias de Origen Laboral.”

Dumit, Joseph. 2015. “Artifact Project.” Accessed October 23. http://web.mit.edu/dumit/www/artifact-frame.html.

Emanuelsson, Dick. 2012. La guerrillera Susana que sobrevivió el bombardeo del campamento de Raúl Reyes: “En esta lucha unos vamos, otros nos quedaremos en el camino y otros continuarán la lucha que llevamos”Anncol. http://2014.anncol.eu/index.php/opinion/dick-emanuelsson-anncol/1034-dec-12-video-la-guerrillera-susana-que-sobrevivio-el-bombardeo-del-campamento-de-raul-reyes-en-esta-lucha-unos-vamos-otros-nos-quedaremos-en-el-camino-y-otros-continuaran-la-lucha-que-llevamos.

Ingold, Tim. 2012. “Toward an Ecology of Materials.” Annual Review of Anthropology 41 (1): 427–42. doi:10.1146/annurev-anthro-081309-145920.

López, Juan Pablo. 2017. “El arte de abrir mentes: rayando con DJ LU.” Vice, November 24. https://www.vice.com/es_co/article/bj79v5/dj-lu-perfil-grafiti-revista-bogota-estencil-carteles-stickers.

Mera, Alba Lucía. 2008. “Leishmaniasis En El Alma.” El Espectador, May 26. http://www.elespectador.com/opinion/columnistasdelimpreso/aura-lucia-mera/columna-leishmaniasis-el-alma.

Minuto 30. 2013. “La leishmaniasis, una enfermedad ‘que camina’ con el conflicto armado en Antioquia.” Minuto 30, August 16. https://www.minuto30.com/la-leishmaniasis-una-enfermedad-que-camina-con-el-conflicto-armado-en-antioquia/174556/.

Molano Bravo, Alfredo. 2005. “Perversa Estrategia.” Agencia Prensa Rural, April 9. http://www.prensarural.org/molano20050409.htm.

PECET. 2015. “Leishmaniasis.” Programa de Estudio y Control de Enfermedades Tropicales. http://www.pecet-colombia.org/site/leishmaniasis-enfermedad.html.

Raffles, Hugh. 2001. Insectopedia. New York: Vintage Books.

Semana. 2018. “La bolsa o la vida.” La bolsa o la vida, Sección Nación, edición 1500, Jan 29 2011. Accessed April 27. https://www.semana.com/nacion/articulo/la-bolsa-vida/234832-3.

US Embassy in Colombia. 2005a. “Cable: 05BOGOTA3217_a.” WikiLeaks. https://wikileaks.org/plusd/cables/05BOGOTA3217_a.html.

———. 2005b. “Cable: 05BOGOTA3937_a.” WikiLeaks. https://wikileaks.org/plusd/cables/05BOGOTA3937_a.html.

———. 2005c. “Cable: 05BOGOTA8545_a.” https://wikileaks.org/plusd/cables/05BOGOTA8545_a.html.

Velez, Iván Darío, Erik Hendrickx, Sara María Robledo, and Sonia del Pilar Agudelo. 2001. “Gender and Cutaneous Leishmaniasis in Colombia.” Cadernos de Saúde Pública 17 (1): 171–80. doi:10.1590/S0102-311X2001000100018.

 

Notas finales

[1] Ver relato periodístico de Juan Pablo López (2017) sobre el trabajo de JuegaSiempre, a quien también se le conoce como como DjLu.

[2] La biomedicina describe dos formas de leishmaniasis: cutánea y visceral. Si bien la leishmaniasis visceral puede ser mortal y constituye un grave problema en otros países, el 97% de todos los casos de leishmaniasis en Colombia corresponden a leishmaniasis cutánea (MinSalud, 2010). En este texto hago uso del término “leishmaniasis” para referirme a la leishmaniasis cutánea, que es la enfermedad de la cual se ocupa mi investigación.

[3] Ver, por ejemplo, relatos periodísticos (Acevedo Serna 2012; Contexto Ganadero 2014; Minuto 30 2013, 30; Molano Bravo 2005), científicos (Beyrer et al. 2007; PECET 2015; Velez et al. 2001) y testimoniales (Emanuelsson 2012; Semana 2018) que han hablado de la leishmaniasis como “la enfermedad de la guerrilla”.

[4] Durante mi trabajo de campo escuché a personas referirse a la mosca transmisora de la enfermedad como como “manta” o “mantablanca”. Sin embargo, he encontrado documentos donde aparecen nombres como “palomilla”, “aliblanco”, “jején”, “capotillo”, “arenilla” o “pringador”.

[5] Decreto 1796 de 2000. Disponible en https://www.sanidadfuerzasmilitares.mil.co/english/the_entity/normativity/decrees/decreto_1796_2000

[6] Ver DGSM 2008.

[7] El Centro de Recuperación de la Leishmaniasis (CRL) es un centro de atención clínica creado en 2005 e inaugurado oficialmente en 2008, al interior del Batallón Silva Plazas en Duitama (Boyacá), para la atención exclusiva de miembros del Ejército afectados por la leishmaniasis.

[8] Entrevista realizada el 2 de mayo de 2017.

[9] Ver US Embassy in Colombia 2005b.

[10] Ver US Embassy in Colombia 2005a.

[11] Ver US Embassy in Colombia 2005c.